Romualdo y la
Ex Bruja
Anoche, cuando se
terminó la programación en uno de los canales de aire, el obispo Romualdo tomó
la palabra. Empezó a hablar con su castellano premeditadamente abrasilerado
(porque ese acento es el sello corporativo de su iglesia), y casi
inmediatamente corté el volumen a la tele. Es costumbre, porque siempre sentí
que ese discurso místico y vehemente en varios sentidos ofende mi inteligencia.
Es cierto que lo que genera en mí ese sentimiento no es sólo el discurso
explícito, sino otras muchas cosas del contexto en el que es producido (el
acento cuidadosamente estudiado hasta el punto de que existió incluso un
predicador argentino que llegó a intentar fingir que hablaba mal su propio
idioma, el lenguaje mágico mezclado con las promesas de progreso económico,
etc.). En esas cosas me ponía a pensar, mientras en pantalla aparecía una mujer
de delantal blanco, cuyo nombre no recuerdo y por lo tanto bautizaré como “Marta”,
a quien abajo describieron como “Ex bruja”. Me reí mucho, pero reconozco que me
sorprendió que en estas épocas de celulares para los niños y High Definition un
programa de televisión documente el testimonio de una Ex Bruja y aún así
alguien crea ese discurso y además vaya a la iglesia de esos predicadores.
Mi derecho a la sorpresa tendrá que ver, por
supuesto, con mi nivel de aceptación respecto de algunas realidades por demás
tangibles: existe, en mi país y en mi tiempo, mucha gente que cree en esto. La suficiente, al menos, para hacer
redituable ese negocio de predicadores que venden salvación por la tele de ese
modo. Gente que cree en el testimonio de quien se define como “Ex bruja”, que
cree en una Rosa Milagrosa Bendecida (que ellos mismos proveen), en la idea de
que existe un Dios cuyo trabajo consiste, básicamente, en hacer progresar
económicamente a quienes creen en él, en permitirles comprarse una casa o un
coche.
Me doy cuenta, por
otra parte, de que el mundo del que me siento parte (es decir, el conjunto de
creencias, suposiciones y percepciones acerca de lo que considero “real”) tiene
muy poco que ver con la mirada según la cual las rosas bendecidas que ofrece un
señor de traje y corbata sanarán mi espíritu. Está claro que no miramos el
mundo de la misma manera, que pertenecemos a mundos que no tienen mucho que
ver.
¿Ignorancia o ceguera?
Atribuir a la mera
ignorancia la fe en verdades tan contraintuitivamente falaces me parece un
error. El tipo de ceguera necesaria para aceptar este tipo de cosas supone no
necesariamente una limitación (ignorancia, en tanto falta de elementos de
juicio, por ejemplo), sino una actitud específica, positiva: una decisión
voluntaria de tener fe en algo. La voluntad de creer es lo que motoriza la
ceguera que nos empuja a tener como ciertas cosas que chocan con el sentido
común, la percepción sensible, o los principios más rudimentarios de la lógica
clásica. Es una ceguera funcional,
dirigida: nos comprometemos a no ver aquello que se interponga entre nosotros y
nuestra causa, si bien podemos por otra parte ser agudos en la visión de
cualquier otra cosa. Es más profunda e irremediable que una ceguera congénita,
pues no intentaremos suplirla con otra cosa, dado que la hemos elegido
conscientemente. Exige de nosotros sacrificios, pues volver invisibles
objetos que en realidad existen requiere, además de un constante esfuerzo de
sugestión, una gran tolerancia al dolor: chocaremos con ellos incansablemente.
Supongo que de allí es que proviene cierto vago y confuso sentimiento de
orgullo: uno termina perteneciendo a esa legión de ciegos sacrificados,
abnegados. Uno se enorgullece de sus
propios sacrificios, aunque ello implique no ver la necedad de tales
sacrificios. El precio de ese orgullo y ese sentimiento de pertenencia es la
necedad. La necedad de creer que ser obstinados es necesariamente una virtud.
Como decía antes,
suelo quedarme perplejo ante el éxito de esa corporación eclesiástica. Decía
antes también que mi sorpresa y mi perplejidad evidencian asimismo una gran
incomprensión respecto de mi propio tiempo. Está claro que mucha gente está
dispuesta a aceptar un pensamiento mágico sin ningún problema, y es capaz de
gastar mucho tiempo, dinero y energías en ello.
Ceguera y política
¿Puede esto
representar un fenómeno aislado? Creo entrever que no, considerando el
resurgimiento de ciertas actitudes políticas que pretenden anular la diversidad
o la pervierten polarizándola maniqueamente: los nuevos fanatismos partidarios
son la manifestación concreta de la extensión de esas cegueras voluntarias.
No creo que dicha
ceguera partidista sea de invención reciente: creo que lo nuevo es sólo su
máscara, la bandera de una nueva cruzada, pero intuyo que lo esencial de ese
proceso estaba ya presente y latente desde mucho tiempo atrás. Algo tan
profundamente arraigado no puede ser súbito, repentino, ni podría haberse
gestado en unos pocos años.
Pero el estado
actual de cosas implica lo siguiente: en una conversación sobre política en los
últimos años en Argentina, es altamente probable que surja un punto de inflexión
a partir del cual sea muy difícil dialogar o argumentar, un punto en el que
incluso un sereno hilo de argumentación genere irritabilidad. Hay personas que
ya no quieren oír argumentos que desemboquen en desacuerdo, hay cada vez más
personas a las que les cuesta cada vez más aceptar lo diferente.
¿Les cuesta? No sé
tampoco si debiera pensarse así, pues eso implicaría un esfuerzo por entender,
esfuerzo que en todo caso fracasó. Tal vez haya cada vez más personas que no
sientan que sea necesario aceptar que existe otro que es diferente.
En todo caso, algo
me parece tristemente seguro: mientras más personas decidan enceguecerse
(invisibilizando otras cosas u otras personas) habrá cada vez más choques y
porrazos torpes, porque, aunque no queramos verlo, el otro todavía sigue
existiendo.
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